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Pensando, no por primera vez, que la vida debería tener una trampilla. Sólo una pequeña escotilla de salida por la que pudieras desaparecer cuando te hubieras mortificado total y completamente. O cuando te salían granos espontáneamente. "¿Buen libro?", le preguntó, cogiéndoselo y leyendo el subtítulo, "Guía para chicas buenas que (a veces) quieren ser malas", en voz alta. Pero la vida no venía con trampilla.