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Y aun así no basta con tener recuerdos. Uno debe ser capaz de olvidarlos cuando son muchos, y uno debe tener la gran paciencia de esperar hasta que surjan de nuevo. Porque aún no son los propios recuerdos. No es hasta que se han convertido en sangre dentro de nosotros, en mirada, en gesto, sin nombre y que ya no se distinguen de nosotros mismos - no es hasta entonces que puede suceder que en una hora rarísima la primera palabra de un verso surja en medio de ellos y salga de ellos.