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Nos bajamos en la siguiente salida, en silencio, y, el cambio de los conductores, caminamos delante del coche. Nos encontramos y me abracé a él, con mis manos cerradas en apretados puños alrededor de sus hombros, y él me rodeó con sus cortos brazos y me apretó con fuerza, de modo que sentí las sacudidas de su pecho mientras nos dábamos cuenta una y otra vez de que seguíamos vivos. Me di cuenta en oleadas y nos aferramos el uno al otro llorando y pensé: "Dios, debemos de parecer tan patéticos", pero no importa cuando acabas de darte cuenta, todo el tiempo después, de que sigues vivo.