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Tuvo la hipocresía de representar a una plañidera: y antes de seguir con Hareton, levantó al desdichado niño sobre la mesa y murmuró, con peculiar gusto: "¡Ahora, mi precioso muchacho, eres mío! Y veremos si un árbol no crece tan torcido como otro, ¡con el mismo viento que lo tuerza!