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Soy de la firme opinión de que, después de los veintiún años, un hombre no debería estar fuera de la cama y despierto a las cuatro de la mañana. La hora engendra pensamiento. A los veintiún años, la vida es todo futuro, puede ser examinada con impunidad. Pero a los treinta, convertida en una incómoda mezcla de futuro y pasado, es algo que sólo debe mirarse cuando el sol está alto y el mundo lleno de calor y optimismo.