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Al observar la vida de alguien que se ha suicidado, resulta tentador leer en la decisión de morir una red de razones enormemente compleja; y, por supuesto, tal complejidad está justificada. Ninguna enfermedad o acontecimiento provoca el suicidio y, desde luego, nadie conoce todas, o quizá ni siquiera la mayoría, de las motivaciones que subyacen a la muerte de uno mismo. Pero la psicopatología casi siempre está ahí, y su letalidad es feroz. El amor, el éxito y la amistad no siempre bastan para contrarrestar el dolor y la destructividad de una enfermedad mental grave.