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La verdad incondicional es que cuando amé a Estella con el amor de un hombre, la amé simplemente porque la encontraba irresistible. Una vez por todas; supe a mi pesar, a menudo y a menudo, si no siempre, que la amaba en contra de la razón, en contra de la promesa, en contra de la paz, en contra de la esperanza, en contra de la felicidad, en contra de todo desaliento que pudiera existir. Una vez para siempre; la amo no menos porque lo sabía, y no tenía más influencia en refrenarme, que si hubiera creído devotamente que ella era la perfección humana.