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La lluvia caía a cántaros. Podía oírla en el hormigón del exterior y en el viejo edificio que había sobre mí. Crujía y se balanceaba con la tormenta primaveral y el viento, las vigas flexionándose suavemente, lo bastante sabias con la edad como para ceder un poco, en lugar de oponer una resistencia obstinada hasta romperse. Probablemente podría aprender algo de aquello.