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El optimismo es una cuestión de óptica, de ver lo que quieres ver y no ver lo que no quieres ver. La esperanza, en cambio, es una virtud cristiana. Es el reconocimiento sin pestañear de todo lo que milita contra la esperanza, y el rechazo implacable a la desesperación. No tenemos derecho a desesperar y, por último, no tenemos motivos para hacerlo.