-
Al principio se quedaba callada. Luego decía una palabra sobre algo pequeño, algo que había notado, y luego otra palabra, y otra, cada una lanzada como un trocito de arena, una desde esta dirección, otra forma detrás, más y más, hasta que su aspecto, su carácter, su alma se hubieran erosionado. . . Temía que alguna partícula invisible de verdad se me metiera en el ojo, empañara lo que estaba viendo y lo transformara del hombre divino que yo creía que era en alguien bastante mundano, herido de muerte por hábitos fastidiosos e imperfecciones irritantes.