-
Norah miró la diminuta cara de su hijo, sorprendida, como siempre, por su nombre. aún no le había crecido, todavía lo llevaba como una pulsera, algo que podía deslizarse fácilmente y desaparecer. Había leído sobre personas -¿dónde? tampoco lo recordaba- que se negaban a poner nombre a sus hijos durante varias semanas, porque sentían que aún no eran de la tierra, que estaban suspendidos entre dos mundos.