-
Porque ahora Elinor también lo había comprendido: El anhelo por los libros no era nada comparado con lo que se podía sentir por los seres humanos. Los libros te hablaban de ese sentimiento. Los libros hablaban de amor, y era maravilloso escucharlos, pero no sustituían al amor mismo. No podían besarla como Meggie, no podían abrazarla como Resa, no podían reír como Mortimer. Pobres libros, pobre Elinor.