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  • La mayoría de la gente nunca lo admitiría, pero llevaban quejándose desde que nacieron. En cuanto asomaron la cabeza a la brillante luz de la sala de partos, nada había ido bien. Nada había sido tan cómodo ni había sentado tan bien. Sólo el esfuerzo que suponía mantener vivo el estúpido cuerpo físico, encontrar comida, cocinarla y lavar los platos, calentarse, bañarse y dormir, caminar, defecar y tener pelos encarnados, ya era demasiado trabajo.