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Estoy de pie en el pasillo central del auditorio, como una cebra herida en un especial de National Geographic, buscando a alguien, a cualquiera con quien sentarme. Se acerca un depredador: un deportista de pelo gris, con un silbato alrededor del cuello más grueso que su cabeza. Probablemente un profesor de estudios sociales, contratado para entrenar un deporte sangriento.