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Pero ahora, por primera vez, veo que eres un hombre como yo. Pensé en tus granadas de mano, en tu bayoneta, en tu fusil; ahora veo a tu mujer y tu cara y nuestra camaradería. Perdóname, camarada. Siempre lo vemos demasiado tarde. Por qué nunca nos dicen que sois pobres diablos como nosotros, que vuestras madres están tan angustiadas como las nuestras, y que tenemos el mismo miedo a la muerte, y el mismo morir y la misma agonía... perdóname, camarada; ¿cómo puedes ser mi enemigo?