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Su desprecio por la humanidad se hizo cada vez más feroz, y por fin llegó a la conclusión de que el mundo está formado en su mayoría por tontos y sinvergüenzas. Le quedó perfectamente claro que no podía albergar ninguna esperanza de encontrar en otra persona las mismas aspiraciones y antipatías; ninguna esperanza de vincularse con una mente que, como la suya, se complaciera en una vida de estudiosa decrepitud; ninguna esperanza de asociar una inteligencia tan aguda y caprichosa como la suya con ningún autor o erudito.