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  • Toda viuda se despierta una mañana, quizá después de años de duelo puro e inquebrantable, para darse cuenta de que ha dormido bien, que podrá desayunar y que no oye el fantasma de su marido todo el tiempo, sino sólo parte del tiempo. Su dolor se sustituye por una tristeza útil. Todos los padres que pierden a un hijo encuentran la manera de volver a reír. El timbre empieza a desvanecerse. El filo se embota. El dolor disminuye. Todo amor se forja a partir de la pérdida. El mío lo fue. El tuyo lo es. El de tus tataranietos lo será. Pero aprendemos a vivir en ese amor.