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En la corta noche de verano aprendió tanto. Hubiera creído que una mujer moriría de vergüenza... Ahora sentía que había llegado al verdadero cimiento de su naturaleza, y era esencialmente desvergonzada. Era su yo sensual, desnuda y sin vergüenza. Sintió un triunfo, casi una vanagloria. ¡Así! Así eran las cosas. ¡Así era la vida! Así era ella realmente. Ya no había nada que ocultar o de lo que avergonzarse. Compartía su máxima desnudez con un hombre, con otro ser.