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Es una curva que cada uno de ellos siente, inequívocamente. Es la parábola. Deben haber adivinado, una o dos veces - adivinado y negado a creer - que todo, siempre, colectivamente, se había estado moviendo hacia esa forma purificada latente en el cielo, esa forma sin sorpresa, sin segunda oportunidad, sin retorno. Sin embargo, se mueven para siempre bajo ella, reservada para sus propias malas noticias en blanco y negro, ciertamente, como si fuera el arco iris, y ellos sus hijos...