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La verdad es, por supuesto, que la severidad de los Diez Mandamientos es una prueba, no de la oscuridad y estrechez de una religión, sino, por el contrario, de su liberalidad y humanidad. Es más breve declarar las cosas prohibidas que las permitidas, precisamente porque la mayoría de las cosas están permitidas y sólo unas pocas están prohibidas.