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Muchas parejas, muchas personas, no viven con seres humanos reales, sino con sus fantasmas. ¿Quién no ha seguido durante años el hechizo de un determinado tono de voz, de voz en voz, como el fetichista sigue un bello pie, sin ver apenas a la propia mujer? Una voz, una boca, un ojo, todos brotando de la fuente original de nuestro primer deseo, dirigiéndolo, esclavizándonos, hasta que decidimos desenredar la red fatal y liberarnos.