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La negativa a sentir se cobra un alto precio. No sólo hay un empobrecimiento de nuestra vida emocional y sensorial, las flores son más tenues y menos fragantes, nuestros amores menos extáticosâ sino que este adormecimiento psíquico también impide nuestra capacidad de procesar y responder a la información. La energía empleada en sofocar la desesperación se desvía de usos más creativos, agotando la resistencia y la imaginación necesarias para nuevas visiones y estrategias.