-
Todavía con el abrigo y el sombrero puestos, me senté en la escalera para leer la carta. (Nunca leo sin asegurarme de que estoy en una posición segura. He sido así desde los siete años, cuando, sentada en una pared alta y leyendo Los bebés del agua, me sentí tan seducida por las descripciones de la vida submarina que inconscientemente relajé los músculos. En lugar de mantenerme a flote gracias al agua que tan vívidamente me rodeaba en mi mente, caí en picado al suelo y me desmayé. Aún siento la cicatriz bajo el flequillo. Leer puede ser peligroso).