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  • Ahogándome en lágrimas secas y rabiando, rabiando, rabiando ante la absoluta indiferencia de la naturaleza y del mundo ante la muerte del amor, la muerte de la esperanza y la muerte de la belleza, recuerdo estar sentada en el extremo de mi cama, juntando estas píldoras y cápsulas y preguntándome por qué, por qué cuando sentía que tenía tanto que ofrecer, tanto amor, tales efusiones de amor y energía para gastar en el mundo, era incapaz de que me ofrecieran amor, de darlo o de convocar la energía con la que sabía que podía transformarme a mí misma y a todo lo que me rodeaba.