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A veces me preguntaba por qué la amaba. Tal vez por el cálido iris avellana de sus ojos esponjosos, o por la ondulación natural de su pelo castaño, peinado de cualquier manera, o también por ese movimiento de sus hombros regordetes. Pero, probablemente, la verdad era que yo la amaba porque ella me amaba. Para ella yo era el hombre ideal: cerebro, coraje. Y no había nadie mejor vestido. Recuerdo que una vez, cuando me puse por primera vez aquel nuevo smoking, con los pantalones anchos, ella apretó las manos, se hundió en una silla y murmuró: "Oh, Hermann....". Era un delirio rayano en algo parecido a la desdicha celestial.