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Hay momentos aleatorios en los que siento una oleada de alegría: cuando preparo una ensalada, cuando llego a casa por el camino de entrada, cuando plancho las costuras de una colcha, cuando me asomo a la ventana de la cocina y miro los delfinios, cuando oigo una carcajada en la habitación de uno de mis hijos. Esta es mi verdadera religión: momentos arbitrarios de felicidad casi dolorosa por una vida que me siento privilegiada de llevar.