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Pero esto lo sé: el escritor que posee el don creativo posee algo de lo que no siempre es dueño, algo que a veces extrañamente quiere y trabaja por sí mismo. Él puede establecer reglas y concebir principios, y a las reglas y principios tal vez se someta durante años; y entonces, tal vez sin ninguna advertencia de revuelta, llega un momento en que ya no consiente.