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He terminado con las grandes cosas y las grandes cosas, las grandes instituciones y los grandes éxitos, y estoy a favor de esas diminutas e invisibles fuerzas morales moleculares que trabajan de individuo a individuo, arrastrándose por las grietas del mundo como tantas raicillas, o como el rezumar capilar del agua, pero que, si se les da tiempo, desgarrarán los más duros monumentos del orgullo del hombre.