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Llevó a Paul dentro y lo subió por las escaleras. Le dio un vaso de agua y la aspirina masticable de naranja que le gustaba y se sentó con él en la cama, cogiéndole de la mano... Esto era lo que ansiaba capturar en una película: esos raros momentos en los que el mundo parecía unificado, coherente, todo contenido en una sola imagen fugaz. Una parquedad que contenía belleza, esperanza y movimiento, una especie de poesía plateada, igual que el cuerpo era poesía en sangre, carne y hueso.