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Hay un momento en la educación de todo hombre en que llega a la convicción de que la envidia es ignorancia; que la imitación es suicidio; que debe tomarse a sí mismo, para bien o para mal, como su porción; que aunque el amplio universo está lleno de bien, ningún grano de maíz nutritivo puede llegar a él sino a través de su trabajo otorgado a esa parcela de tierra que se le ha dado para labrar. El poder que reside en él es nuevo en su naturaleza, y nadie más que él sabe qué es lo que puede hacer, ni lo sabe hasta que lo ha intentado.