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A los hombres estadounidenses les corresponden tantas lágrimas como a las mujeres. Pero como se nos prohíbe derramarlas, morimos mucho antes que las mujeres, con nuestros corazones explotando o nuestra presión sanguínea subiendo o nuestros hígados carcomidos por el alcohol porque ese lago de dolor que llevamos dentro no tiene salida. Nosotros, los hombres, morimos porque no nos han regado la cara lo suficiente.