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A lo lejos, los oía lamerme los sesos. Como las brujas de Macbeth, los tres ágiles felinos rodeaban mi cabeza rota, sorbiendo la espesa sopa de su interior. Las puntas de sus ásperas lenguas lamían los suaves pliegues de mi mente. Y con cada lametón mi conciencia parpadeaba como una llama y se desvanecía.