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La meditación no es la construcción de algo ajeno, no es un esfuerzo por alcanzar y luego aferrarse a una experiencia concreta. Puede que tengamos el secreto deseo de que, a través de la meditación, acumulemos un arsenal de experiencias mágicas, o al menos uno o dos trofeos místicos, y entonces podamos exhibirlos con orgullo para que los vean los demás.