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Creo que nuestra concepción de la literatura debería dar cabida no sólo a escritores apolíticos, sino también a aquellos cuyas opiniones políticas nos resultan desagradables. Al fin y al cabo, la ficción procede de un lado del cerebro diferente, menos manipulable racionalmente. Personalmente, siento un gran apego por figuras reaccionarias como Dostoievski, Hamsun y Céline.