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Mi familia abandonó Afganistán en 1976, mucho antes del golpe comunista y de la invasión soviética. Desde luego, pensábamos que volveríamos. Pero cuando vimos los tanques soviéticos entrando en Afganistán, las perspectivas de regresar se nos antojaron muy poco halagüeñas. Pocos de nosotros, debo decir, imaginábamos que después vendría casi un cuarto de siglo de derramamiento de sangre.