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A menos que creamos en el Evangelio, todo lo que hagamos, ya sea obedecer o desobedecer, estará impulsado por el orgullo ('amor propio') o el miedo ('a la condenación'). Aparte del 'recuerdo agradecido' del Evangelio, todas las buenas obras se hacen entonces por motivos pecaminosos. El mero esfuerzo moral puede refrenar el corazón, pero no cambia verdaderamente el corazón. El esfuerzo moral se limita a "amañar" la maldad del corazón para producir un comportamiento moral por interés propio. Es sólo cuestión de tiempo antes de que un tejido tan delgado se derrumbe.