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Quiero viajar en un tren que huela a copos de nieve. Quiero sorber en cafés que huelan a cometa. Bajo la presión de mi paso, quiero que las calles desprendan el olor preciso de un collar de diamantes. Quiero que los periódicos que leo huelan como los violines que dejan en las casas de empeño los vagabundos llorones en Nochebuena. Quiero llevar un equipaje que apeste a las neuronas del cerebro de Einstein. Quiero que los gases de una ciudad huelan como los pelos dorados del vientre de los dioses. Y cuando contemple una imagen televisada de la Luna, quiero detectar, desde una distancia de 239.000 millas, el aroma de la mozzarella fresca.