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La mente que pensó en lo ligero, lo pesado, lo gris, lo amarillo, lo quieto, lo veloz, también concibió la magia que haría ligeras y capaces de volar las cosas pesadas, convertiría el plomo gris en oro amarillo y la roca quieta en agua veloz. Si podía hacer lo uno, podía hacer lo otro; inevitablemente hacía ambas cosas. Cuando podemos tomar el verde de la hierba, el azul del cielo y el rojo de la sangre, ya tenemos el poder de un encantador.