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Cuando Benjamin Franklin inventó el pararrayos, el clero, tanto en Inglaterra como en América, con el apoyo entusiasta de Jorge III, lo condenó como un impío intento de vencer la voluntad de Dios.
Cuando Benjamin Franklin inventó el pararrayos, el clero, tanto en Inglaterra como en América, con el apoyo entusiasta de Jorge III, lo condenó como un impío intento de vencer la voluntad de Dios.