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Igual que caminaba por el bosque para ver los pájaros y las ardillas, caminaba por el pueblo para ver a los hombres y a los niños; en lugar del viento entre los pinos oía el traqueteo de los carros. En una dirección de mi casa había una colonia de ratas almizcleras en los prados del río; bajo la arboleda de olmos y abotonados en el otro horizonte había una aldea de hombres atareados, tan curiosos para mí como si hubieran sido perros de pradera, cada uno sentado en la boca de su madriguera, o corriendo a la de un vecino para cotillear. Iba allí con frecuencia para observar sus costumbres.