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Dejemos que el enemigo se enfurezca en la puerta; dejémosle que llame, que golpee, que grite, que aúlle; dejémosle que haga lo peor que pueda. Sabemos con certeza que no puede entrar en nuestra alma si no es por la puerta de nuestro consentimiento.
Dejemos que el enemigo se enfurezca en la puerta; dejémosle que llame, que golpee, que grite, que aúlle; dejémosle que haga lo peor que pueda. Sabemos con certeza que no puede entrar en nuestra alma si no es por la puerta de nuestro consentimiento.