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Parecía haberme pasado todo el tiempo leyendo, cosa que me encantaba, o riendo, cosa que me encanta, o haciendo el tonto, cosa que me encantaba. Había la angustia adolescente habitual: "Nadie me entiende" y "Soy el único genio del mundo" y todas esas cosas. Pero eso no llegó a ser muy profundo.