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Nuestra cultura, por lo tanto, no debe omitir el armamento del hombre. Que oiga a tiempo que ha nacido en estado de guerra, y que la comunidad y su propio bienestar exigen que no vaya bailando entre la maleza de la paz, sino que, advertido, sereno y sin desafiar ni temer al trueno, tome en sus manos tanto la reputación como la vida, y, con perfecta urbanidad, desafíe a la horca y a la turba con la absoluta verdad de su discurso y la rectitud de su conducta.