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Preservar a los animales salvajes implica generalmente la creación de un bosque para que habiten en él o recurran a él. Lo mismo ocurre con el hombre. Hace cien años vendían en nuestras calles corteza pelada de nuestros propios bosques. En el aspecto mismo de aquellos árboles primitivos y ásperos había, me parece, un principio curtidor que endurecía y consolidaba las fibras del pensamiento de los hombres. Ah! ya me estremezco por estos días comparativamente degenerados de mi pueblo natal, cuando no se puede recoger una carga de corteza de buen grosor, y ya no producimos alquitrán ni trementina.