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Una vez que pierdes el apego a cómo quieres que sean las cosas porque te das cuenta de que no controlas nada, hay un aspecto curiosamente liberador en ello. Siempre he sido una obsesa del control, siempre he creído que si me esforzaba lo suficiente, todos mis seres queridos estarían a salvo y todo iría bien. Que me demostraran, en términos tan brutales, que las cosas no funcionan así, en cierto modo, me desestabilizó. He pasado por un infierno, pero a otro nivel, si acumulas tanta tragedia, o te destruye, o simplemente empiezas a reírte de ello. Porque al final del día, nadie sale vivo.