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Cristo resucitado no proclamó que "tenemos que perdonar", sino que por fin PODEMOS perdonar, y con ello liberarnos de la amargura que nos consume y liberar al ofensor de nuestra condena vinculante. Este proceso requiere una auténtica ira y dolor humanos, además de -y aquí está el terrible coste de tal libertad- una humilde voluntad de ver al ofensor como Dios ve a esa persona, en todo su terrible quebrantamiento y necesidad del poder salvador de Dios. Nunca le diría a otro: "Tienes que perdonar".