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La personalidad del artista, al principio un grito o una cadencia o un estado de ánimo y luego una narración fluida y lambiscona, finalmente se refina a sí misma fuera de la existencia, se impersonaliza, por así decirlo. La imagen estética en la forma dramática es la vida purificada en y reproyectada desde la imaginación humana. El misterio de la estética, como el de la creación material, se cumple. El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro o detrás o más allá o por encima de su obra, invisible, refinado fuera de la existencia, indiferente, cortándose las uñas.