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El poeta presenta a la imaginación imágenes de la vida y de personajes y situaciones humanas, las pone en movimiento y deja que el espectador deje que estas imágenes lleven sus pensamientos tan lejos como se lo permitan sus facultades mentales. Por eso es capaz de atraer a hombres de las más diversas capacidades, incluso a tontos y sabios a la vez. El filósofo, por el contrario, no presenta la vida misma, sino los pensamientos acabados que ha extraído de ella, y luego exige que el lector piense exactamente como él mismo piensa, y exactamente hasta donde él piensa. Por eso su público es tan reducido.