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  • Me deleitaba en la pequeñez, en lo acogedor de un dormitorio en el piso de arriba de una casa tradicional americana de Cape Cod, ese medio piso que te obliga a agacharte, a volver a sentirte pequeño e ingenuo, dispuesto a todo, muriéndote de amor, con el cuerpo convertido en una chimenea llena de un extraño humo negro. Estas habitaciones cuadradas, achaparradas e incómodas son como un canto de cincuenta metros cuadrados a la adolescencia, a la madurez, al primer y último sabor de la juventud.