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Hoy, como hemos visto, el fascismo y el comunismo están desacreditados, pero son sustituidos por una cultura de consumo parafílico impulsada por la fantasía, en busca desesperada de distracciones y sensaciones crecientes, y una cultura fundamentalista en la que se rehúyen los rigores de un viaje privado en favor de una ideología que, a expensas de las paradojas y complejidades de la verdad, favorece las resoluciones unilaterales, los valores en blanco y negro, y el privilegio de los complejos propios como norma para los demás.